martes, 3 de febrero de 2015


Lucia y Antonio
               

Lucia le grito que todo era una tontería.
Antonio le repitió que no… ¡No, no, no!

– ¡Por favor, no lo tomes así Lucia!

–             ¡Pero como así, es que no, no y no!... ¡estás loco o que te pasa!

–             Mira piensa que es algo que se dio, es algo que ni tú ni yo teníamos pensado.

–             ¡Pues claro que no!... Que no te das cuenta que no estábamos en nuestros cinco sentidos.

¡Entiéndelo Antonio, fue un momento de locura y ya!

–             ¡No Lucia, por favor!... Yo pensaba que tu sentías lo mismo que yo siento. No he dejado de pensar en ti, en aquella noche, entiéndeme…

–             ¡Olvídame y olvida lo que paso Antonio!... por favor

–             ¡Noooooooo! No me digas eso… ¿No me quieres?... ¿No te hago sentir bien?... ¡Son puras mentiras lo que me has dicho!... ¡Contéstame! …¡Mírame Lucia!

–             ¡Sí, sí, sí!... Son puras mentiras. ¿Qué no te das cuenta que no puede ser Antonio?

–             ¡Vayámonos lejos! Empecemos algo nuevo tú y yo.

–             ¡No!... Dame mi bolso. Me voy.

–             No Lucia, espera por favor.

–             ¡Me voy con él o sin él!...

–             ¡Espera Lucia!

–             ¡Te dije que no! ¡No seas necio Antonio!

–             ¡No te vas Lucia!...

–             ¡Suéltame, te digo que me sueltes!

–             ¡Lucia te amo, entiéndeme!

–             ¡Estás loco!

Antonio siguió tomándose la copa que había pedido en aquel oscuro bar del centro. Jamás había llorado así por una mujer como lo había hecho por Lucia. En compañía de José Alfredo Jiménez que tocaba en el fondo del bar, desbordaba su dolor en cada una de sus lágrimas. La vio retirarse a ella y desaparecer en la oscuridad de aquella avenida.

Lucia con el coraje en el estómago dio una vuelta por el centro de la ciudad tratando de olvidar lo sucedido.

Compro pollo al horno, harina para preparar atole, algunos dulces, dos playeras con dibujos para niños, unas canicas y una camisa mediana tipo polo color azul.

Rechinó la puerta de la entrada y ellos saltaron a sus brazos.

–             ¡ya lego Mamá!... mamá, mamá, mama.
–             Que paso mis chiquitos… ¿Cómo la han pasado?
–             Bueno mi papa nos acaba de leer un cuento…. ¿Qué es eso mami? ¿Qué nos trajiste?
–             ¡haaaaaaaa! Esto es un regalo para estos niños bonitos.

Después de los apapachos ella se dirigió al fondo de la sala, caminando pausadamente mientras el alboroto de los niños inundaba la habitación y la llenaban de ecos. En el sillón, recostado se encontraba su esposo viendo las noticias.

–Hola amor
–Hola… ¿Cómo te fue?
–             Bien
–             Te estábamos esperando para cenar
–             Ya traigo la cena
–             Haaaaaaa que bueno, ya me moría de hambre… ¡A la mesa todos!
–             Ten
–             ¿y esto?
–             Un regalo para ti
–             Gracias amor.

Antonio que había tomado unas copas demás en aquel bar, salió ya cuando la mañana pintaba clara en el cielo. Tambaleándose en las aceras de aquella avenida, vislumbraba en sus pupilas el recuerdo de Lucia.


Así se dirigió hasta su hogar. Recuerdo tras recuerdo y tropiezo tras tropiezo.
Rechino la puerta de la entrada y nadie acudió a su llamado.

Se acostó en el sofá y se dejó llevar por el sueño hasta la inconciencia, donde resonaba el nombre de ella, en las paredes de la oscuridad.

Repitió su nombre tres veces y cuatro y cinco veces hasta hacerse uno con sus sueños, uno con sus locas fantasías y con los recuerdos que tenia de Alma, esos recuerdos que estaban un poquito más cerca de la realidad.

Así lo encontró la tarde  y así la noche, revolcándose entre las sabanas, tratando de que cada recuerdo permaneciera tan nítido, tan exacto como su dolor.

Su mujer lo sabía todo desde hace tiempo, es mas no era la primera vez decía ella a sus vecinas, que salía con otra u otras y ni siquiera lo disimulaba. A su mujer solo le interesaba hurgar en sus pantalones y exigirle el gasto semanal puntual y completito.

–             ¡Tus hijos quieren comer, quieren vestirse, tienen que ir a la escuela!

Le reprochaba cada semana la misma sentencia.

Y mientras ella le mostraba el abultado vientre, señalándole y exigiéndole un nuevo ingreso en la familia, él vomitaba en el baño y sus tres pequeños alborotaban en el patio.




                © abellcross



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