Había pasado por el mismo lugar desde hace mucho tiempo y jamás había
advertido su mirada, jamás había advertido su presencia. Un día por casualidad,
ya pasado de copas empecé a patear un bote de plástico mientras caminaba y al
rodar el bote, este se perdía en las sombras de las esquinas de los basureros,
de las macetas que ya no eran macetas en esa callejuela por la que suelo
transitar cotidianamente. En una de esas patadas en las que no se mide la
intensidad del golpe, menos cuando uno no mide ni los pasos que da ni donde los
va a dar por venir un tanto ebrio, le pegue a él y empezó a llorar, se enrosco
sobre su cuerpo en una esquina llena de cartones y desperdicios de los
comercios que hay cerca. Me acerque y lo vi, todo maltratado el pobre, todo
lleno de miedo, todo flaco, sarnoso y con hambre. Por suerte, no me termine mi
almuerzo que suelo llevar a mi trabajo y se lo aventé un poco de mala gana,
después me aleje y me olvide de ese pobre perro callejero, uno de tantos, que
suele haber por este lugar.

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